La resurrección de Jesús no comenzó con dulces conejitos de Pascua y coloridos adornos. En las entrañas de sus discípulos todavía se veían la traición y la brutal crucifixión. El miedo, las puertas cerradas y la incredulidad desesperada los dominaban, y de repente Jesús se puso en medio de ellos. Con un «shalom» rompió la atmósfera asfixiante. No solo les deseó «la paz sea con vosotros», sino que encarnó y produjo la paz él mismo.
Sabía que las simples palabras no podían disipar el miedo. Luego les mostró las manos y los pies atravesados por clavos. Esto los convenció.
El poder que levantó a Jesús de entre los muertos trae una paz que sobrepasa nuestra razón y nos permite vivir una vida nueva. Aquellos que lo han experimentado personalmente no se esconden. Están ansiosos por decírselo a todo el mundo.
Luego Jesús dijo de nuevo: ¡Paz a vosotros! Como el Padre me envió a mí, también yo os envío a vosotros.
Juan 20,21
Texto de la semana: 1 Corintios 15,12–20
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