Eran casi las doce y entraron unas personas en nuestra oficina. Habían viajado durante una buena hora y yo solo las conocía de pasada. Después de facilitarles la información necesaria, me pregunté dónde irían a comer. —Hacía frío fuera y se me ocurrió invitarlos a comer. Fui un momento a la habitación de al lado y llamé por teléfono a mi mujer, a quien le conté lo que tenía en mente. —Encantado con su respuesta positiva, invité a esas personas a comer.
Vergesst nicht, Gastfreundschaft zu üben, denn dank ihr haben manche, ohne es zu wissen, Engel beherbergt.
Hebreos 13,2
En la gran mesa del almuerzo se desarrolló una discusión muy animada. A los niños les interesaba saber más sobre la «mentalidad suiza», ya que en el colegio estaban hablando precisamente de la Revolución Francesa. Se sació el apetito de todos, se respondieron las preguntas y se fortalecieron los lazos. Mi mujer irradiaba satisfacción al pensar que había dado de comer a unos cuantos «angelitos» hambrientos.
Texto de la semana: Lucas 1,46-55

