Hace poco, una mujer me contó su primer intento de hacer pan ella misma. En realidad, apenas tenía tiempo para ello. Pero se había propuesto: «Hoy quiero hacer mi propio pan». A toda prisa, reunió los ingredientes, preparó la masa… y la metió en el horno.
La decepción fue enorme cuando, más tarde, probó el pan recién horneado. No sabía «a nada», simplemente estaba soso. En su impaciencia, no se había concentrado lo suficiente y se había olvidado de lo más importante: la sal.
Necesitamos tener paciencia. Eso es lo que nos enseña la Biblia. La impaciencia ha destruido muchas cosas. No solo los bienes materiales pueden sufrir daños, sino que también las relaciones se resienten por la impaciencia.
Por eso: tómate tu tiempo. Ten paciencia contigo mismo y con los que te rodean. Piénsalo: ¿qué está pasando en mi vida hoy? ¿Y mañana? ¿Y dentro de un mes? Una cosa es segura: para descubrir lo que Dios quiere de ti, necesitas paciencia y tiempo. Las respuestas rápidas suelen resultar ser malos consejeros.
Ustedes necesitan perseverar para que, después de haber cumplido la voluntad de Dios, reciban lo que él ha prometido.
Hebreos 10,36
Texto de la semana: Santiago 5,7-11

