¿Estás cansado del estrés de estos últimos días? ¿Cómo ves la Navidad?
¿Cómo se sintieron María y José después de su largo viaje a pie y a lomos de un burro? Debían de estar exhaustos, porque María estaba a punto de dar a luz. ¡Cuánto se habrían alegrado de encon- trar una habitación en una posada confortable! Buscaron en vano durante mucho tiempo hasta que finalmente encontraron sitio en un establo. ¡María dio a luz a su primogénito entre heno y paja!
¿En qué piensas en Nochebuena? ¿Buscas paz y descanso durante estas fiestas, en medio de la emoción de antes de Navidad? El Hijo de Dios, Jesús, nos ofrece algo más que un descanso físico porque nos dijo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar».
¡Esta es la buena noticia de Dios en Navidad! Te ofrece descanso de corazón, la paz. Te deseamos esta paz divina en tu vida diaria.
Hoy os ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor.
«Gott hat die Menschen so sehr geliebt, dass er seinen einzigen Sohn für sie hergab. Jeder, der an ihn glaubt, wird nicht verloren gehen, sondern das ewige Leben haben.»
Me gusta ir a la iglesia. Me encuentro con mis amigos, puedo ento- nar cantos, escuchar palabras de aliento y volver a casa satisfecho. Nadie comprueba nunca cómo vivo mi fe, si produce fruto. Después de todo, ¡yo puedo hacer lo que quiera! Es un asunto privado. Lo importante es que tenga fe, ¿no?
El versículo de Santiago 1.22 citado anteriormente lo explica de otra manera, un poco diferente. Sus palabras me animan no solo a escuchar la Palabra de Dios, sino a ponerla en práctica. Por lo tanto, el propósito de leer la Biblia o escuchar la Palabra de Dios no es acumular conocimiento. Lo esencial es que vivamos la Palabra de Dios en este mundo. Piensa un momento conmigo en lo emocionantes que podrían ser nuestras vidas si ponemos en práctica las cosas que escuchamos.
¿Acaso no se haría posible de repente lo imposible?
Pero no basta con oír el mensaje; hay que ponerlo en práctica, pues de lo contrario os estaríais engañando a vosotros mismos.
El año pasado, justo antes de Navidad, visité un campo de refu- giados en el norte de Irak. Me permitieron pasar unas horas con los niños que habían tenido que dejarlo todo para estar a salvo. Celebraron la Navidad por primera vez en sus vidas y recibieron un pequeño regalo. La alegría de sus ojos hizo que valiera la pena el viaje.
De regreso a casa, aterricé en «la locura del estrés navideño». Cientos de personas recorrían la ciudad en todas direcciones para comprar los regalos deseados. Más que nunca, este frenesí me pareció algo fuera de lugar.
Jesús vino a este mundo como niño, en la pobreza. Se le llama Príncipe de Paz, Dios de Amor y Salvador. Él mismo es el regalo más hermoso que podríamos desear. Sin embargo, compramos regalos con la esperanza de hacer felices a los demás. La Navidad es el momento de desear cosas que el dinero no puede comprar.
Sabemos también que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para conocer al Dios verdadero. Vivimos unidos al que es verdadero, es decir, a su Hijo Jesucristo.
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